La Conversión de San Pablo

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Mitsuo Fuchido, entrenando para dirigir el ataque contra Pearl Harbor.

Admitámoslo: el mundo no entiende el cristianismo, ni cuando Pablo todavía era Saulo, ni hoy en día. Y, probablemente jamás. Como escuchamos en el evangelio según san Juan, “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron”, o en algunas traducciones, “comprendieron”.  Aunque la luz no se presente tan brillante como se manifestó a Saulo de Tarso, todavía sigue brillando, y continua obrando milagros, y quizás uno de los más grandes milagros en la modernidad se trata de Mitsuo Fuchida, un capitán en la Armada Imperial de Japón, más famosamente conocido por ser el piloto que dirigió el ataque contra Pearl Harbor, Hawaii el 7 de diciembre, 1941. Tuvo la fortuna de sobrevivir la Batalla de Midway, herido pero vivo, luego asignado a ser un oficial militar, lejos de combate, en oficinas. Y, según los caminos misteriosos de Dios, el Capitán Fuchida casi se encontró con otro tipo de luz ceguedora, porque estaba trabajando en Hiroshima, cuando fue llamado a Tokio el día que la bomba atómica aplastó aquella ciudad. Y, como todos saben, poco después, Japón se rindó a los poderes militares de los Estados Unidos. Un biógrafo de Fuchida nos dice que pasó luego:

Después de la guerra, Fuchida fue llamado para dar testimonio en los juicios de algunos de los militares de Japón por crímenes de guerra. Esto lo enfureció, creyendo que esto era nada más que “justicia del vencedor”. Convencido que los americanos habían tratado igualmente a los japoneses, y determinado a presentar esa evidencia en el próximo juicio, para la primavera de 1947, Fuchido se fue a Puerto Uraga cerca de Yokosuka para encontrar un grupo de soldados japonese volviendo de su centro de prisioneros. Se sorprendió al hallar a su anteriormente ingeniero de vuelo, Kazuo Kanegasaki, quien todos pensaban que murió en la Batalla de Midway. Cuando Fuchida le preguntó sobre su tratamiento, Kanegasaki le informó que NO fueron torturados ni abusados, lo cual decepcionó a Fuchida’s. De hecho, Kanegasaki le contó acerca de una señora joven que les mostró un profundo amor y respeto, cuyos mismos padres, que eran misioneros, fueron matados en la isla de Panay en las Filipinas.

Para Fuchida, entrenada bajo una versión intensiva de Bushido, o “El Camindo del Samurai”, tal cosa era totalmente asombrosa. ¿Cómo pudo perdonar la joven misionera a los que mataros sus propios padres? El hecho demandaba venganza. No vengarse del asesino de su familia sería un acto de pura cobardía y debilidad. Y de allí empezó la búsqueda de Fuchida para comprender a esos cristianos extraños. Su curiosidad se hizo más profunda cuando alguien le dio un panfleto de Jacob DeShazer, miembro de la fuerza de Doolittle, que atacó Japón, que fue capturado y torturado por los japoneses. Pero en lugar de amargarse, DeShazer se puso compasivo, porque fue en la celda de su prisión que su corazón se abrió por fin a la misericordia de Dios. Por fin, Fuchida se procuró una biblia, y entendió. No mucho tiempo más tarde, DeShazer y Fuchida, anteriormente enemigos mortales pocos años antes, se conocieron por primera vez — como amigos… no, más bien, como hermanos en Cristo.1

Bien ahora, a pesar de que casi nadie siga el “Camino del Samurai”, el perdón y arrepentimiento por los pecados de uno mismo son cosas casi incompresibles. En nuestro mundo, ¿qué será nuestro primer instinto? Pues, dado que ya no tenemos “justicia de la frontera”, demandamos contra quien sea, ¡Y LO HAREMOS PAGAR POR LO QUE HICIERON! Y si nosotros mismos tenemos la culpa, ¿acaso no tratamos de usar lenguaje legal para evitar responsabilidad o damos unas apologías pobres e insinceras, lo necesario para protegernos?

Bueno, como san Pablo aprendió, al arrepentirnos, por fin vemos la luz, los primeros movimientos del Espíritu Santo dentro de nosotros, y nos encontramos algo asustados. Entonces, y solamente entonces, nos damos cuenta de que horrores cometimos. Sí, encontrarte con tus enemigos puede asustarte, parecerte débil frente a ellos. Pero si tu enemigo es cristiano, de veras cristiano, empiezas a darte cuenta de algo maravilloso. El arzobispo Fulton Sheen escribió una vez que “el arrepentimiento se considera a sí mismo, sino a Dios. No se odia a sí mismo, sino ama a Dios. Todo lo que tú temías, tal vez odiabas, hasta tu vida antes, tus pecados, todas esas cosas caen como escamas de los ojos. Tu universo cambia, porque ahora Dios está en el centro y no tú, y por fin te das cuenta del amor de Dios por ti, un amor que no solo puede perdonarlo todo, sino además bendecir y fortalecerte con sus dones más que pensabas posible.

Quizás te piensas, “Sé que Dios me perdonó. He sido el pésimo pecador. Déjame aquí solo, teniendo miedo de Dios y hombre. Si eso fuera tu caso, entonces, no dejarías que Dios te perdonara. Todavía estás guardando un código antiguo de guerrero, de samurai, que crees que has deshonrado. Lo que de Saulo, ahora san Pablo, se enteró, por experimentar esa extraña misericordia de Dios y sus creyentes, fue algo que el cardenal Wyzzynski dijo una vez, que “La debilidad más grande en un apóstol es el miedo. Lo que hace surgir el miedo es falta de confianza en el poder del Señor. Esto es lo que oprime el corazón y le aprieta la garganta. El apóstol entonces deja de dar testimonio.” Hermanos, no puedo creer que hayas sido tan culpable como un Saulo de Tarso, o quizá un Capitán Fuchida, en atacar tus enemigos con tanto celo.

Hay tres cosas ausentes en el corazón que sabe el perdón de Dios: el odio, la venganza, y el miedo. Dejemos esa “trinidad demónica” atrás, ¡porque esos pertenecen al Maligno! Perdona tus enemigos, porque Dios nos ha perdonado todo que cometimos contra su infinita santidad. Suelta las cadenas infernales de venganza de tu corazón, y vuele hacia el cielo. Sobre todo, no temas. Vete, al mundo, proclamando la Buena Nueva que Nuestro Señor nos proclama a través del Evangelio, como dijo a san Pablo, como dijo a Capitán Fuchida, y proclámalo, en palabra, obra, y acción, con todo tu ser que Dios ama tanto. Quizás no eres samurai ni Zelota, pero te le juro esto: una vez que te rindes a Dios, ganarás la única batalla que importa, la batalla por tu propia alma, y tal vez la batalla contra tus propios enemigos. No, ignora la última cosa que dije. Ganarás la batalla por tu alma, y por el alma de tu nuevo hermano en Cristo Jesús.

1: “Mitsuo Fuchida, From Pearl Harbor to Calvary,” The American Catholic, puesto el 7 de diciembre, 2008.