María, Madre de la Iglesia

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“Mater Ecclesiae” (Madre de la Iglesia), ubicada en la Plaza de San Pedro, Roma.

La gozosa veneración otorgada a la Madre de Dios por la Iglesia en los tiempos actuales, a la luz de la reflexión sobre el misterio de Cristo y su naturaleza propia, no podía olvidar la figura de aquella Mujer (cf. Gál 4,4), la Virgen María, que es Madre de Cristo y, a la vez, Madre de la Iglesia. –Decreto sobre la celebración de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, en el calendario general.

La Virgen María, desde el principio de la vida terrena de Nuestro Señor Jesucristo, hasta Su último suspiro en la Cruz, ha sido la discípula más fiel entre todos los discípulos, llamada la “bienaventurada”, no solamente por dar a luz a Nuestro Salvador, sino por escuchar la Palabra de Dios y seguirlo.  Además, estuvo presente en el nacimiento definitivo de la Iglesia en el Pentecostés (ver Hechos 1,14).  Recibió al Espirítu Santo en la Anunciación, y ahora en Pentecostés recibe al Espíritu de nuevo.

Era tan atenta a las necesidades de su Hijo por toda Su vida, y ahora sigue atenta a las necesidades del Cuerpo de Cristo, la Iglesia.  San Juan recibió a la Virgen bajo la cruz, pero a la vez, ella recibió al Apóstol amado, a la iglesia en la tierra.  La Iglesia tiene a ella, y ella tiene a la Iglesia.

Como Madre cariñosa, busca el bien por sus hijos, los miembros del Cuerpo de Cristo, y siempre nos recuerda del punto clave de ser discípulo: “Haced todo lo que os dijere.” (Juan 2,5).  ¡Seamos discípulos dignos de Cristo e hijos dignos de ella!

María, Madre de gracia, Madre de Misericordia, Madre de la Iglesia, en la vida en la muerte, ¡amparadnos Gran Señora!