Traslación de las reliquias de Nuestro Padre Santo Domingo de Guzmán

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Relicuario con reliquia de Sto. Domingo

Somos formados a través de la cultura y ambiente, y nuestra cultura ha heredado un cierto desprecio de las reliquas, especialmente en cuanto a su veneración y uso litúrgico.  Encima de esto, con el avance de la historia, la muerte en sí se convirtió en un asunto más y más antiséptico.  Los cadáveres se embalsaron o fueron tratados para evitar la corrupción.  Tratar con un cadáver se hizo de una de las obras de misericordia en trabajo asqueroso.  En contra de eso, hay que recordar nuestra tradición católica.  Las reliquias de los santos se trataban con gran veneración y honor desde el principio.   Nuestra propia iglesia romano nación en las tinieblas de las catacumbas, con la Santa Misa celebrada sobre los restos de los santos, literalmente.  Mantenemos parte de aquella tradición con el incluso de reliquias de varios santos, especialmente mártires, colocados en piedras dentro de los altares.  Al inicio de la Misa, el sacerdote besa y venera el altar y a la vez la piedra con las reliquias de los santos, sobre todo a Cristo, quien es Sacerdote, Víctima, y Altar.

En la Pasión de san Policarpo, leemos sobre su martirio, cerca del año 156, y como inmediatemente después de su martirio, los cristianos de Smirna escribieron que “recojimos sus huesos, que valen más que joyas preciosas, y más finos que el oro más purificado, y los colocamos en un lugar apropiado, donde el Señor nos permitirá reunirnos para celebrar, tanto como podamos, alegres y gozosos, el aniversario de su nacimiento al cielo y su martirio”.  Los Padres de la Iglesia también dan testimonio de semejantes eventos, y san Ambrosio y san Agustín mismos hablan de milagros que ocurrieron en la presencia de las santas reliquias.

Incluso en la Biblia, hay relatos de milagros al tocar las vestiduras de un santo, al pasar la mera sombra de un apóstol sobre un enfermo, y la resurrección de un muerto al tocar por acidente los restos de un profeta santo.   Por lo tanto, vemos una base para la veneración de las reliquias de un santo, y Nuestro Santo Padre Domingo no fue una excepción en eso.

Santo Domingo quería ser enterrado bajo los pies de sus frailes para estar cerca de ellos.  No obstante, muchos se acercaron a su tumba en Bolonia, y muchos enfermos se sanaron.  Los frailes de entonces no estaban exactamente enamorados de convertirse en un destino de peregrinación popular.  El papa, Gregorio IX, insistió que los frailes trasladaran el cuerpo de santo Domingo a un lugar más acesible y digno para la veneración pública, y también para el primer paso de su canonización.

Eso no era nada sencillo.  Tocar una reliquia, mover el cuerpo de un santo, se consideraba una cosa extremamente solemne, hasta peligrosa, menos para los cleros reconocidos por su propia santidad, y sólo esto después de un periódo de ayuno y oración.  Con el trasladar de sus restos, un olor maravilloso, a menudo llamado el “olor de santidad”, llenó el templo, y todos los presentes agradecieron a Dios por esta confirmación de la santidad de Sto. Domingo.

Puede parecernos raro, eso de “olor de santidad”, pero san Pablo les dice a los Corintios, “Pero gracias a Dios, que en Cristo siempre nos lleva en triunfo, y que por medio de nosotros manifiesta en todo lugar la fragancia de su conocimiento. Porque fragante aroma de Cristo somos para Dios entre los que se salvan y entre los que se pierden; para unos, olor de muerte para muerte, y para otros, olor de vida para vida” (2 Cor 2, 14-15).

Así que hoy agradecemos a Dios por este maravilloso signo y muestra de la santidad de nuestro Santo Fundador, Santo Domingo.  Con él adoremos a Dios, fuente de toda santidad.  ¡Bendito sea Dios en Sus ángeles y en Sus santos!

De una homilía por nuestro Director anterior, fr. Dismas, OP